jueves, enero 05, 2006

Nicolasa Machaca, como la gota en la piedra

¡No! No puedes ser dirigente, ¿acaso eres hombre?”, le dijeron los hombres de su comunidad. “¿No? ¿Cómo no vas a saber hablar español? Tan viejota”, la retó su maestra de primero básico. “¡No, acá nadie tiene derechos!”, le gritó el militar que la apresó en 1980. Siempre no. Desde que nació, Nicolasa Machaca Quispe aprendió que sólo tenía derecho a un nombre y a una vida de servidumbre. Pero ella machacó y cambió sangre y llanto por un sí a la vez. Cada sí cayó como una gota sobre una roca y lentamente perforó un agujero en la gran piedra de la discriminación. Ahora, a punto de cumplir 50 años, toda esa lucha es reconocida a través de una postulación coral al Premio Nobel de la Paz.

Y es que una nación clandestina como la de Nicolasa necesita de revoluciones silenciosas y la mejor arma de esas batallas suele ser la educación. Era 1968 y mientras Domitila Chungara denunciaba ante el mundo la Masacre de San Juan, Nicolasa ejercía su primer acto de rebeldía: aprender a leer y a escribir. En Kurawara, una comunidad del ayllu Catamarca (Oruro), había hombres que no veían con buenos ojos que una imilla participara en sus reuniones representando a su padre, mucho menos que sea la líder designada para los cursos de alfabetización. Sin embargo, las mujeres la animaron. “Ve tú, eres wawita, vas a aprender más rápido”, le dijeron. Obedeció.

En realidad, ésa fue la segunda vez que Nicolasa intentó aprender a leer y a escribir. Tres años antes su padre, Camilo, la había alentado para ingresar a la escuelita de la comunidad de Poopó. Tenía 10 años y era la más grande de la clase. Eso provocaba que sea el centro de las burlas, no sólo de sus compañeros sino también de su maestra. “¿Cómo?, tan grandota y no aprendes a hablar castellano”, la retaba la maestra. “Me sentía humillada, maltratada. Me pegaba con reglas, me cocacheaba... Por eso no entré más a la escuela”, contó Nicolasa.

En cuanto se enteró de los cursos de alfabetización, su padre fue el primero en apoyarla para que aprenda a leer y escribir. Lo que no sabía Nicolasa era que con ese curso también se contaminaría con el bichito del liderazgo. Comenzó a tomar más talleres, conoció a líderes de la provincia y ya para 1974, fue la delegada de su ayllu en el Congreso de Mujeres Campesinas en Condurire (Oruro). En 1977, Nicolasa dejó Kurawara y se instaló en Oruro. Había sido elegida como dirigente máxima de las mujeres de su provincia y tal responsabilidad demandaba su traslado a la capital minera. No tenía tiempo ni para asustarse. Su deber era visitar comunidades para capacitar mujeres. Las organizaciones campesinas de Oruro crecieron hasta sumar 300 y en ellas ofrecía talleres de liderazgo, participación y producción. Su prestigio creció hasta que la designaron líder de todo el departamento.

No era un buen momento para ocupar el cargo, porque el régimen de García Meza la consideró un peligro. Una noche, a finales de 1980, mientras celebraba una reunión en la central orureña, los militares irrumpieron, la golpearon y la trasladaron al cuartel de Oruro.

Fueron dos meses de encierro, 60 días de interrogatorios, 1.440 horas de torturas: 86.400 minutos de violaciones y vejámenes ejercidos por hombres enmascarados, por personas sin rostros que exigían nombres, direcciones y teléfonos de otros líderes. A principios de 1981, todo acabó. El cuerpo de Nicolasa fue tirado sobre la chata de un camión y trasladado hasta un punto de la provincia Santistevan (Santa Cruz). Ahí la dejaron y allí ella subió a otro camión que la llevó hasta La Paz. Se refugió en la casa de una compañera de lucha, que le consiguió un médico. “No podemos hacer nada. Hay que operarte. La herida es profunda y está infectada. Hay que internarte”, le dijo el galeno. No. Otra vez, ¡no! Nicolasa no quería internarse. Los hospitales estaban vigilados y no soportaría un minuto más de encierro y violaciones.

Sus compañeras se movilizaron con rapidez, en una semana tenían todo listo. El plan era arriesgado pero no había otra salida: debía irse a Cuba. “Tenés que salir por Perú, hasta Lima. Ahí conseguirás un pasaporte peruano y viajarás a Cuba’, me dijeron. Todo el viaje debía hacerlo sin un solo documento y sin nada escrito. Debía memorizar cada nombre, cada lugar y cada forma de vestir de los contactos”, contó.

Salió por Copacabana. En la frontera la detuvieron, no querían dejarla pasar sin documentos, pero le tuvieron lástima por sus heridas. De ahí, cuatro días de viaje hasta Lima, una semana en la capital peruana y ocho horas de avión hasta La Habana.

La Cuba de los 80 era el paraíso de los perseguidos políticos. Del aeropuerto fue trasladada al hospital y tres meses más tarde estaba curada. Se quedó un año y medio. “Me aboqué a aprender qué era la política, la economía y qué era eso de lo que hablaban tanto: el capitalismo y marxismo-leninismo”, dijo.

Su camino de regreso fue más difícil. Ya no estaba García Meza en el poder, pero la sombra de su dictadura aún estaba sobre su alma. Lo primero que hizo fue contactar a su familia. Desde que la apresaron, su madre no sabía nada de ella. “Me dieron por muerta. Mi madre dijo que siempre tuvo esperanzas de que apareciera. Yo, en cambio, estaba muy traumatizada y con cosas adentro que no le podía contar a nadie”, relató Nicolasa.

A sus 28 años, Nicolasa tenía vergüenza. Se sentía culpable, no sabía cómo contarle a su madre lo que le había pasado. “Mis tres hermanos me dieron la fuerza para continuar trabajando. Tenía miedo. ‘Qué puedo hacer yo como mujer’, me preguntaba. ‘Qué me van a decir los hombres, porque, ¡ya no soy virgen!’ Por eso no me casé hasta los 35 años”, dijo.

Desde ese momento se refugió en el trabajo. Durante año y medio se dedicó a organizar a las mujeres de su comunidad para pasar de la institución sindical a la productiva. En 1984 volvió a dejar su ayllu y partió hacia Siglo XX, para trabajar en la radio Pío XII. En 1985, se inscribió en el Instituto Politécnico Tomás Katary y se graduó como técnico en salud. Ya para 1988 dirigía proyectos en el mismo instituto y comandaba a un grupo de médicos, enfermeras y agrónomos que brindaban servicios a más de 30 comunidades del norte potosino. Ahí conoció a su compañero. “Me dije: ‘para qué tanto trabajo si no tengo hijos”, contó Nicolasa.

Fue así que unió su vida a la de Benjamín Cuéllar. Se casaron en 1991 y tres años más tarde se fueron a vivir a Sucre. Allí crían a sus tres hijos: Rosa (17), Ernesto (14) y Carmen Julia (12). “Mis hijos están orgullosos de mí, quieren seguir mis pasos. Es por eso que la postulación al Premio Nobel es una alegría, porque no sólo es mía, sino de todas las mujeres con las que trabajo. Cada día pienso en capacitarme y después transmitir los conocimientos a las bases”, dijo.
Sí, Nicolasa sigue golpeando la roca.
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